Protagonizada por: parlamentarios convertidos en investigadores, jueces y verdugos, siempre que el acusado sea un adversario político.
Con actuaciones especiales de:
Jaime Orpis, exsenador UDI, condenado por fraude al fisco y cohecho en el Caso Corpesca.
Jovino Novoa, expresidente de la UDI, condenado por delitos tributarios en el Caso Penta.
Marta Isasi, exdiputada vinculada a la derecha, condenada por cohecho en el Caso Corpesca.
Karen Rojo, exalcaldesa apoyada por Chile Vamos, condenada por fraude al fisco.
Raúl Torrealba, histórico exalcalde de RN, formalizado por graves delitos económicos; su responsabilidad definitiva debe establecerla la justicia.
La diferencia es sencilla: estos nombres no provienen de una teoría publicada en redes sociales, sino de condenas o procesos judiciales reales.
Y precisamente por eso hay que distinguir entre condenados, imputados y simples acusados, una delicadeza que los difamadores televisivos rara vez conceden a sus adversarios.
El argumento de la película es brillante: los protagonistas buscan desesperadamente al ladrón detrás del juez, revisan los bolsillos del enemigo y levantan una nube de sospechas… hasta que la cámara gira lentamente y enfoca a los condenados, formalizados y financiadores irregulares sentados en las primeras filas de su propio partido.
“Los pitucos difamadores”: una comedia negra donde los guardianes de la moral siempre descubren el delito en otra casa, porque mirar debajo de su alfombra podría arruinarles el final.
Y al final, la película se repite: Calisto por Aysén, Kusanovic por Magallanes, Camila Flores por Valparaíso.
Distintas regiones, distintos partidos, pero el mismo libreto: acusar con estridencia al adversario y pedir prudencia cuando la sospecha se acerca a los propios.
Porque en esta función política los “pitucos difamadores” siempre apuntan el reflector hacia afuera, mientras detrás del juez se amontonan los prontuarios, las formalizaciones y los silencios convenientes.
El problema no es que busquen ladrones: es que, de tanto mirar al frente, nunca revisan quiénes están sentados en su propia fila.

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